Americanos
Hijos extraídos de raíz,
Extranjeros en un mundo propio,
bastardos de la violenta colisión
de dos universos distintos,
desconocidos.
Han pasado quinientos años
desde el arribo de la condena:
no tener hogar,
como semillas en tierra agrietada,
agua clara en los ojos
y terracota en la piel;
una amalgama forjada en fragua
de sangre y fuego,
de coito forzado.
Nunca más seremos tierra,
ni hombres de maíz o madera.
Ya no existen protectores;
no hay serpientes emplumadas
ni espíritus selváticos,
ni padres solares ni madres lunares.
Todos sacrificados,
resucitados después por fuerza propia
y sin memoria de que antes,
antes muchas vidas,
fueron nuestro origen y destino:
manábamos de su fuente en nuestra inocencia
para volver a descansar en la última hora.
se irguieron como tutores:
sonríen, mas sudan olor a pólvora,
concreto más tarde
como un muro del miedo
que impide mirar atrás,
observar por sobre nuestro hombro
lo que se era antes del juego de espejos.
La verdad aparente dice
“aquí eres, unido a mí en lazo de hierro”,
y en nuestras entrañas se produce el idilio
de ignorancia y resignación ,
de ilusión de un hogar,
cuando éste nos acoge como mero músculo,
como sostén de nuestra propia quimera.
Y vivimos sólo de calmantes.
Porque nuestra serenidad es el cine
con películas de indiecitos simpáticos,
postales pintorescas
y novelas mágicas
que nos muestran lo que realmente
no somos.
fluyendo de un prisma sucio,
que nadie osa pulir.





